Bahía Blanca en aquellos años sesenta era una ciudad de inviernos insoportablemente fríos, recuerdo que estábamos en el mes de Julio, yo seguía cumpliendo mi Servicio Militar Obligatorio y después de haber jurado la bandera, había dejado de ser un recluta y el ejército me consideraba un verdadero soldado Al transcurrir los duros tres meses de instrucción inicial, la vida en el Comando se iba tornando más llevadera y los “colimbas”, íbamos habituándonos al régimen que allí imperaba. Ya conté en páginas anteriores que voluntariamente me había ofrecido a cumplir tareas en el denominado “Pelotón de Fajina”, éste era un grupo marginal donde iban a parar aquellos soldados supuestamente inservibles, muchachos que no sabían leer, ni conducir o andar a caballo. En síntesis, lo peor o descartable. Por esa razón, tomé la decisión de formar parte del miserable pelotón, ya que allí había pocas responsabilidades que cumplir y mi tarea específica consistía en barrer las hojas de los jardines circundantes, juntarlas y colocarlas en un carrito basurero de metal que tenía dos ruedas. Este trabajo lo llevaba a cabo durante una hora o menos y al terminar, me iba a descansar en el sótano de un edificio abandonado que en alguna oportunidad había servido como horno crematorio y estaba ubicado muy cerca de la morgue y el Hospital Militar.
Debido al escaso presupuesto que en ese tiempo tenía el ejército, nuestros jefes habían determinado que los soldados que éramos de Bahía, nos fuéramos a las seis de la tarde a nuestros hogares, para regresar al otro día a las siete de la mañana, ni un segundo más ni uno menos. Este era un importante y feliz beneficio, ya que podíamos ir a nuestra casa, bañarnos, afeitarnos, vestirnos de civil y salir a tomar un café al centro o ver a nuestra chica. Aquella mañana, las calles estaban cubiertas de escarcha, algo a lo que estábamos habituados. La capa de hielo que cubría todas las calles comenzaba a derretirse de a poco yá cerca del mediodía, el “crack” que producía el hielo cuando lo pisábamos era un sonido agradable y familiar propio de los inviernos bahienses, donde el frío se sentía muchísimo, principalmente en el rostro, las manos y los pies. Ese día, me había quedado dormido y estaba llegando tarde como para alcanzar el colectivo que me llevaría hasta las puertas mismas de las instalaciones del cuartel. A ese ómnibus lo llamábamos “el rojo”, ya que precisamente ese era el color del único transporte que conducía al alejado sector militar. Por escasos tres minutos, había perdido mi preciado colectivo y comencé a preocuparme porque llegar tarde para la formación e izamiento de la bandera, podría significar una sanción consistente en un arresto.
Comencé a caminar resignadamente por la Avenida Alem a la espera del próximo transporte, cuando en ese momento, escucho el sonido de una moto que pasa a mi lado como un rayo. Zigzagueando sobre la escarcha se detiene a pocos metros, era el “loco” Rodríguez, un querido y pintoresco compañero que me había visto y paró para llevarme. Rápidamente subo al asiento trasero de la moto y me aferro a la cintura del “loco” que sale a fondo por la avenida. Cruzaba las calles a una velocidad increíble sin disminuír la velocidad en ningún momento. “El loco” no pronunciaba palabra, lo único que se escuchaba era el fuerte sonido del motor que parecía estar exigido al máximo. Casi en segundos llegamos al Parque de Mayo, el mayor paseo y pulmón verde de Bahía, pasamos la arcada del acceso e ingresamos tan rápido, que en una parte, la moto del “loco”, dio un “coletazo” al resbalar sobre el pavimento escarchado.
“Aflojá loco, hay mucho hielo”. Recuerdo que le grité y él me respondió; “no te preocupes, la tengo dominada”. Faltarían unos cinco minutos para ingresar al cuartel, tiempo justo como para dejar la moto y correr a ubicarnos en la formación. Estábamos pasando por el centro del parque y al doblar en uno de los tramos, la moto se inclinó peligrosamente y uno de los pedales escarbó durante un trecho la escarcha del suelo. Aunque “el loco” pudo enderezar hábilmente su moto, mi pánico crecía y ni hablar de los latidos de mi corazón a punto de estallar. “Estámos cerca, ya falta poco, pensé”. Entramos en la recta final, ahora había acelerado mucho más y el ruido del motor aumentaba. De tantos viajes en colectivo, sabía que después de la recta, había una pequeña curva que desembocaba en la guardia del Comando. Calculé que “el loco” también sabía esto y disminuiría la marcha, pero algo salió mal y el vehículo pareció acelerarse solo e impulsado como un misil, pasó la curva de largo, superó una zanja de casi dos metros de ancho y se estrelló violentamente contra un grueso, sólido y añoso árbol.
Al impactar, sentí que volaba por los aires y caía furiosamente sobre la tierra. Tardé unos segundos en reaccionar, estaba tirado sobre la zanja que afortunadamente tenía muy poca agua. El dolor en mi pierna derecha era intenso e insoportable, no atinaba a mirarla, ya que supuse estaba destrozada. Giré la cabeza buscando a mi compañero y comencé a escuchar los gritos del “loco”, que estaba a unos tres metros, intentando ponerse de pié y tenía toda su cabeza ensangrentada. “Aguantá loco, le grité” y caminé hacia él para ayudarlo. Creo que lo primero que hice fue envolverle la cabeza lastimada con mi chaqueta, salimos de la zanja como pudimos y llegamos hasta la ruta asfaltada. “El loco” se había apoyado sobre mis hombros, estaba totalmente shockeado y la sangre seguía manando de su cabeza y estaba a punto de perder el conocimiento. Fue en ese instante, en que comencé a gritar para que nuestros compañeros de la guardia, vinieran a socorrernos, algo que felizmente sucedió.
Ni bien nos vió el suboficial de servicio, nos envió urgentemente al hospital, allí un médico y dos enfermeros soldados, nos atendieron rápidamente. Lo primero que hicieron fue ocuparse del “loco” ya que él estaba mucho más lastimado que yó, y mi pierna solo tenía una herida de escasa importancia. Aprovechando que me habían dejado en una camilla junto a uno de los enfermeros, le dije; “vendáme en forma exágerada, que parezca una lastimadura bien grave". De inmediato, llenó de vendas y gasas mi pierna derecha formando un importante bulto.
El capitán médico dio orden de que tanto “el loco” como yó, quedáramos allí internados en observación, y esta decisión la escuché como un milagro, ya que el Hospital Militar era el lugar ideal para instalarse, tener una buena y limpia cama, calefacción, abundantes desayunos, almuerzos, cenas y por sobre todas las cosas no hacer nada, absolutamente nada, solo estar tranquilo en la cama, en reposo, leyendo, escuchando radio y descansando todo el día.
Al “loco” Rodríguez le habían vendado tanto la cabeza que parecía una momia. Lo habían ubicado en una cama junto a la mía, por suerte el accidente no le había provocado consecuencias serias, aunque el golpe lo mantenía atontado y durante las noches cuando se dormía ayudado con alguna medicación, en lugar de roncar, reproducía con su boca los insoportables sonidos del motor de su moto; Brrrrrrr Brammmmmm....Roarrrrrrr.
viernes, 8 de mayo de 2009
lunes, 4 de mayo de 2009
Indalesio Peral, mi increíble compañero en la época del Servicio Militar Obligatorio
Como antes relaté en éstas páginas con aspectos de la historia de mi vida, el ya desaparecido Servicio Militar Obligatorio en la Argentina, era una verdadera pesadilla para quienes teníamos menos de 20 años, porque a esa edad, ya vislumbrábamos un futuro incierto tanto en el estudio, (que no era mi caso) o en algún trabajo medianamente bueno, porque ninguna empresa o comercio empleaba por este problema a menores de 20 años. Era inevitable que la patria nos convocara a cumplir con la llamada "Colimba" (Corre, Limpia, Barre). Con mucha suerte, de acuerdo al sorteo, podría correspondernos un año en el Ejército o Aeronáutica y con poca, dos años en la Marina. Todo dependía del temido sorteo que se realizaba a través de la Lotería Nacional. Finalmente, mi número fué el de Ejército y confieso que hice todo lo posible por "salvarme" de la milicia, aunque a pesar de los denodados y vanos esfuerzos, finalmente ingresé. En los comienzos de la llamada instrucción que duraba unos tres meses, los militares aplicaban toda su experiencia para que el recluta se sienta una verdadera mierda como ser humano y acate resignadamente todas las órdenes que se le impongan. A Indalesio Peral lo conocí al segundo día de estar en el cuartel y desde el primer instante en que hablé con él, me dí cuenta que él sería el único compañero que podría coincidir con mis locos y audaces desafíos dentro del estricto entorno militar, donde nuestros sueños de libertad y sentido del humor permanente, nos ayudarían a tomar distancia de la miserable situación por la que nos tocaba transitar. Lejos de quedarse en la mera protesta, Indalesio que se había criado en el campo, era huérfano de padre y madre y vivía con varias hermanas mujeres que no le escatimaban mimos y cariño. Extremadamente audaz y decidido, el y sus hermanas, todos los meses recibían una suma de dinero correspondiente al arrendamiento de algunas hectáreas que su familia poseía en una zona agropecuaria cercana a Bahía. En esos fatales 90 días de la instrucción, los futuros soldados debíamos permanecer en el cuartel, correr y saltar todo el tiempo, comer basura y levantarnos todos los días a las 6 de la mañana. Lo peor era estar condenados al encierro por casi tres meses y no poder salir a la "civilización", al menos por unas pocas horas a visitar a nuestras novias o regresar a casa, aunque sea por un rato. Indalesio y yó, tomamos la determinación de empezar a fugarnos después de la cena y antes de las 22 horas. Previamente habíamos estudiado el perímetro que rodeaba el edificio donde estábamos alojados los 200 futuros soldados y descubrimos que la vigilancia era mínima. No había reflectores y la vía de escape que elegimos fué a través de una alambrada cercana a la ruta asfáltica que conducía a la ciudad y que rodeaba el gran campo de deportes perteneciente al comando al que estábamos asignados. Para llegar hasta esa alambrada debíamos caminar más de 300 metros en medio de la oscuridad y procurar que nadie nos descubra. Afortunadamente, el cerco de alambre estaba roto en una de sus partes, aunque era difícil darse cuenta, y era muy posible que alguien lo haya cortado prolija y oportunamente con nuestras mismas intenciones en alguna ocasión con una tijera especial. La abertura era similar a la de una pequeña puerta, ya que podía abrirse y cerrarse con facilidad y era un sitio ideal para salir desde allí hacia una pequeña zanja que servía como desague. Desde esa excavación solo restaba cruzar a través de un sector de tierra cubierto de arbustos y llegar tranquilamente a la ruta donde a unos metros y casi en la esquina de calle Florida, no resultaría difícil ubicarnos en la parada del único colectivo urbano que recorría el lugar, simular ser soldados de franco, hacerle una seña y ascender al mismo para que nos transporte hacia el centro de la ciudad. Estas fugas las llevamos a cabo y exitosamente en varias oportunidades, al punto que tomamos esta forma de salida furtiva como una divertida y arriesgada costumbre. La retirada la hacíamos vestidos de soldados y luego de tomar el último omnibus de la medianoche, descendíamos en la parada de Alem y Sarmiento, desde allí íbamos directamente a mi casa paterna donde después de un buen baño, cenábamos algo que preparaba mi madre Elcira, nos cambiábamos de ropa y salíamos a ver a nuestras respectivas noviecitas de entonces. La premisa para que en el cuartel no nos descubran era llegar a tiempo y estar presentes en el preciso momento en que a las seis de la mañana el sargento ayudante Rinaldi pasaba lista ante la antenta mirada del teniente primero y el capitán. Esta circunstancia nos obligaba a quitarnos rápidamente la ropa de civiles y ponernos el uniforme militar para retornar antes de las cinco de la mañana, ingresar nuevamente por la abertura del alambrado, llegar hasta el barracón o cuadra donde dormíamos y acostarnos en nuestras respectivas literas. Un sábado a la noche, Indalesio me hace saber que había cobrado una considerable cantidad de dinero por el alquiler del campo y quería que ésta vez, salgamos a festejar con chicas de la noche. En el acto, armamos un plan para escaparnos nuevamente, estar un rato con las respectivas novias y encontrarnos más tarde en un cabaret céntrico.
Tal lo convenido a eso de las dos de la madrugada, nos metimos en "Bohemia" un cabaret con show que quedaba en calle San Martín.
Allí tomamos contacto con dos mimosas y sensuales alternadoras, con ellas nos instalamos cómodamente en unos amplios sillones ubicados en un sector privado del negocio. Las chicas no nos escatimaban besos y caricias, el calor que generaban más la fuerza de nuestra juventud y el hecho de sentirnos felices por la arriesgada libertad temporal que habíamos logrado, nos tornaban imparables. A Indalesio se le antojó beber whisky y pidió una botella cuyo contenido fuimos consumiendo sin darnos cuenta. Las copas de "champagne" de nuestras ocasionales acompañantes se iban multiplicando como si estar con esas dos profesionales del placer fuera algo comparable al reloj de un taxímetro. Inevitablemente, a causa del alcohol, nos fuímos poniendo eufóricos y alegres, hasta que al rato nos asaltó una sensación de sueño mezclado con mareo. Estoy seguro que Indalesio y yó nos quedamos dormidos como dos pelotudos inmaduros y sin cultura alcohólica. Recuerdo vagamente que alguien nos estaba despertando de la pesada borrachera en la que habíamos caído. Lo primero que ví fué la figura de un morocho grandote con cara de pocos amigos, este tipo que también oficiaba de custodio del lugar, nos exigía que paguemos todo lo consumido mientras que al mismo tiempo, con su vozarrón nos decía; "arriba pibes, paguen y vayansé, el local ya está cerrado". Indalesio reaccionó como si le hubieran metido un cohete en el culo y empezó a gritar desaforado, mientras casi sin poder mantenerse en pié, le tiraba piñas al morocho que felizmente no impactaron sobre el gigante. "hijos de puta, nos durmieron para afanarnos, ¿donde se fueron las minas que estaban con nosotros?", repetía una y otra vez. Ante esta situación se acercaron dos empleados más que amenazaban con llamar a la policía, algo que no nos convenía en absoluto. Por fin, Indalesio ya más calmado, no tuvo otra alternativa que pagar resignadamente la abultada cuenta y bastante mareados salimos del lugar. El aire de la calle nos despabiló de golpe, porque los dos miramos nuestros relojes al mismo tiempo y nos dimos cuenta que ya eran las seis de la mañana.
"Cagamos Indalesio, ni en pedo llegamos a la formación", le dije. Indalesio seguía puteando, le daba patadas a los recipientes de basura y me preguntaba; "¿y ahora, que mierda hacemos Pipo?".
"Tengo la solución", le respondí con bastante seguridad, mientras le contaba mi improvisado plan; "vayamos a un teléfono público, yo hablo desde allí con voz de mujer, hablo con el suboficial de guardia y le digo que soy una familiar tuya que llama para decir que tu tía más querida, la que te crió desde que eras un niño, murió hace unas horas. También le pido que te avisen de esta desgracia".
Indalesio me miraba sin entender nada, y sin dudar un segundo, entro a una cabina telefónica que estaba instalada en el interior del Sanatorio del Sur en calle Las heras. Poniéndo un pañuelo doblado en el auricular, llamo a la guardia y pido por el encargado, ni bién éste me atiede, repito el texto inventado que le había anticipado a mi compañero. El suboficial de guardia que me atendió cayó en la trampa, ya que muy convencido me decía; "si señora, lo siento mucho, no se preocupe, le comunicaré esta lamentáble noticia al soldado Indalesio Peral, le acompaño el sentimiento".
Indalesio seguía sin entender lo que yo estaba tramando y lo que lograríamos con esa insólita llamada a la guardia del cuartel. "Mirá, ya avisamos que tu tía se murió, ahora lo mejor que podemos hacer es ir a dormir a mi casa, porque estamos hechos mierda y ya es tarde para presentarnos en el cuartel, porque si llegamos a entrar en estas condiciones nos meten en el calabozo de inmediato, así que vayamos a descansar. A la tarde se me ocurrirá algo más", le dije.
Después de dormir hasta las 15 horas de ese día Domingo, comimos algo y busqué en mi archivo de imágenes fotográficas una cara en primer plano de alguna señora mayor. La recorté y le dije a Indalesio que me acompañe hasta la redacción del desaparecido diario "El Atlántico". Caminamos hasta la calle Alsina al 200 y allí nos atiende un empleado muy amable al que conocía de vista, le expliqué que queríamos publicar un aviso fúnebre para que aparezca en la edición de esa misma tarde. El hombre lo redactó de acuerdo a un texto manuscrito que yo había hecho de antemano y donde figuraban como deudos todos los integrantes de la familia de Indalesio. Como broche de oro de este aviso fraguado aparecería la imágen de la mujer del archivo que figuraría como la "finada".
Ambos suponíamos que cuando apareciera el vespertino, con ejemplares del mismo en la mano, nos presentaríamos al día siguiente en el cuartel con esas pruebas impresas e irrefutables donde se aunciaba el "fallecimiento" de la tía de mi camarada. Considerábamos que ante esto nos creerían, nos dirían ; "lo sentimos mucho" y desde allí nos enviarían sin problemas al edificio donde estaba asignada nuestra compañía de Comando y Servicio.
El lunes, llegamos poco antes de las seis, el sargento ayudante Rinaldi encargado de la compañía, comenzó a pasar lista, pero previamente nos separó a mí y a Indalesio de la fila. Ni bien terminó, lo vimos venir rápidamente y con cara de furia hacia nosotros, lo único que atinó a hacer Indalesio fué alcanzarle uno de los dos o tres diarios que llevaba encima. Sin decir palabra alguna, el sargento ayudante lo dobló armando una especie de machete de papel y de inmediato comenzó a aplicar una sucesión de golpes sobre la cabeza de mi atemorizado compañero.
Con el diario hecho trizas en su mano derecha y respirando agitadadamente, el suboficial clavó su mirada de odio en cada uno de nosotros, mientras en voz baja repetía "¿a quien meto en el calabozo, a quien meto...?".
Su cabeza seguía moviéndose como si estuviera haciendo un "Ta-te-tí" mental y de pronto se detuvo en la humanidad de Indalesio quien había perdido su gorra de soldado y tenía la cara roja a causa de los golpes de diario propinados por nuestro superior.
A los pocos minutos gritó; "el soldado Peral vá castigado al calabozo por diez días. Llévenlo ahora". Mientras caminaba resignadamente hacia el temido "agujero" cutodiado por dos soldados, Indalesio gira su cabeza, me mira unos segundos e irónicamente me dice; "Pipo...Vos y tus ideas de mierda. No te olvides de traerme puchos".
Tal lo convenido a eso de las dos de la madrugada, nos metimos en "Bohemia" un cabaret con show que quedaba en calle San Martín.
Allí tomamos contacto con dos mimosas y sensuales alternadoras, con ellas nos instalamos cómodamente en unos amplios sillones ubicados en un sector privado del negocio. Las chicas no nos escatimaban besos y caricias, el calor que generaban más la fuerza de nuestra juventud y el hecho de sentirnos felices por la arriesgada libertad temporal que habíamos logrado, nos tornaban imparables. A Indalesio se le antojó beber whisky y pidió una botella cuyo contenido fuimos consumiendo sin darnos cuenta. Las copas de "champagne" de nuestras ocasionales acompañantes se iban multiplicando como si estar con esas dos profesionales del placer fuera algo comparable al reloj de un taxímetro. Inevitablemente, a causa del alcohol, nos fuímos poniendo eufóricos y alegres, hasta que al rato nos asaltó una sensación de sueño mezclado con mareo. Estoy seguro que Indalesio y yó nos quedamos dormidos como dos pelotudos inmaduros y sin cultura alcohólica. Recuerdo vagamente que alguien nos estaba despertando de la pesada borrachera en la que habíamos caído. Lo primero que ví fué la figura de un morocho grandote con cara de pocos amigos, este tipo que también oficiaba de custodio del lugar, nos exigía que paguemos todo lo consumido mientras que al mismo tiempo, con su vozarrón nos decía; "arriba pibes, paguen y vayansé, el local ya está cerrado". Indalesio reaccionó como si le hubieran metido un cohete en el culo y empezó a gritar desaforado, mientras casi sin poder mantenerse en pié, le tiraba piñas al morocho que felizmente no impactaron sobre el gigante. "hijos de puta, nos durmieron para afanarnos, ¿donde se fueron las minas que estaban con nosotros?", repetía una y otra vez. Ante esta situación se acercaron dos empleados más que amenazaban con llamar a la policía, algo que no nos convenía en absoluto. Por fin, Indalesio ya más calmado, no tuvo otra alternativa que pagar resignadamente la abultada cuenta y bastante mareados salimos del lugar. El aire de la calle nos despabiló de golpe, porque los dos miramos nuestros relojes al mismo tiempo y nos dimos cuenta que ya eran las seis de la mañana.
"Cagamos Indalesio, ni en pedo llegamos a la formación", le dije. Indalesio seguía puteando, le daba patadas a los recipientes de basura y me preguntaba; "¿y ahora, que mierda hacemos Pipo?".
"Tengo la solución", le respondí con bastante seguridad, mientras le contaba mi improvisado plan; "vayamos a un teléfono público, yo hablo desde allí con voz de mujer, hablo con el suboficial de guardia y le digo que soy una familiar tuya que llama para decir que tu tía más querida, la que te crió desde que eras un niño, murió hace unas horas. También le pido que te avisen de esta desgracia".
Indalesio me miraba sin entender nada, y sin dudar un segundo, entro a una cabina telefónica que estaba instalada en el interior del Sanatorio del Sur en calle Las heras. Poniéndo un pañuelo doblado en el auricular, llamo a la guardia y pido por el encargado, ni bién éste me atiede, repito el texto inventado que le había anticipado a mi compañero. El suboficial de guardia que me atendió cayó en la trampa, ya que muy convencido me decía; "si señora, lo siento mucho, no se preocupe, le comunicaré esta lamentáble noticia al soldado Indalesio Peral, le acompaño el sentimiento".
Indalesio seguía sin entender lo que yo estaba tramando y lo que lograríamos con esa insólita llamada a la guardia del cuartel. "Mirá, ya avisamos que tu tía se murió, ahora lo mejor que podemos hacer es ir a dormir a mi casa, porque estamos hechos mierda y ya es tarde para presentarnos en el cuartel, porque si llegamos a entrar en estas condiciones nos meten en el calabozo de inmediato, así que vayamos a descansar. A la tarde se me ocurrirá algo más", le dije.
Después de dormir hasta las 15 horas de ese día Domingo, comimos algo y busqué en mi archivo de imágenes fotográficas una cara en primer plano de alguna señora mayor. La recorté y le dije a Indalesio que me acompañe hasta la redacción del desaparecido diario "El Atlántico". Caminamos hasta la calle Alsina al 200 y allí nos atiende un empleado muy amable al que conocía de vista, le expliqué que queríamos publicar un aviso fúnebre para que aparezca en la edición de esa misma tarde. El hombre lo redactó de acuerdo a un texto manuscrito que yo había hecho de antemano y donde figuraban como deudos todos los integrantes de la familia de Indalesio. Como broche de oro de este aviso fraguado aparecería la imágen de la mujer del archivo que figuraría como la "finada".
Ambos suponíamos que cuando apareciera el vespertino, con ejemplares del mismo en la mano, nos presentaríamos al día siguiente en el cuartel con esas pruebas impresas e irrefutables donde se aunciaba el "fallecimiento" de la tía de mi camarada. Considerábamos que ante esto nos creerían, nos dirían ; "lo sentimos mucho" y desde allí nos enviarían sin problemas al edificio donde estaba asignada nuestra compañía de Comando y Servicio.
El lunes, llegamos poco antes de las seis, el sargento ayudante Rinaldi encargado de la compañía, comenzó a pasar lista, pero previamente nos separó a mí y a Indalesio de la fila. Ni bien terminó, lo vimos venir rápidamente y con cara de furia hacia nosotros, lo único que atinó a hacer Indalesio fué alcanzarle uno de los dos o tres diarios que llevaba encima. Sin decir palabra alguna, el sargento ayudante lo dobló armando una especie de machete de papel y de inmediato comenzó a aplicar una sucesión de golpes sobre la cabeza de mi atemorizado compañero.
Con el diario hecho trizas en su mano derecha y respirando agitadadamente, el suboficial clavó su mirada de odio en cada uno de nosotros, mientras en voz baja repetía "¿a quien meto en el calabozo, a quien meto...?".
Su cabeza seguía moviéndose como si estuviera haciendo un "Ta-te-tí" mental y de pronto se detuvo en la humanidad de Indalesio quien había perdido su gorra de soldado y tenía la cara roja a causa de los golpes de diario propinados por nuestro superior.
A los pocos minutos gritó; "el soldado Peral vá castigado al calabozo por diez días. Llévenlo ahora". Mientras caminaba resignadamente hacia el temido "agujero" cutodiado por dos soldados, Indalesio gira su cabeza, me mira unos segundos e irónicamente me dice; "Pipo...Vos y tus ideas de mierda. No te olvides de traerme puchos".
domingo, 3 de mayo de 2009
AQUELLAS MAGICAS NOCHES DE CABARET
En la época dorada de los años sesenta y setenta, Bahía supo contar con una extensa lista de lugares y personajes inolvidables que de alguna manera fueron los emprendedores responsables del manejo de los muchos cabarets y whiskerías de la ciudad. Había para elegir, ya que durante casi todos los días de la semana las noches se iluminaban a pleno con las coloridas luces de los diferentes sitios de diversión nocturna. Posiblemente quién fuera pionero en este tipo de negocios, fué un señor llamado “Cacho” Vera, propietario del cabaret “Odeón” que quedaba en calle Donado al 100 y fué el primer local de este tipo que visité a mis flamantes catorce años de edad, con una gran mezcla de temor y curiosidad. Allí en medio de la intensa penumbra, el humo de los cigarrillos y las risas de los muchos concurrentes masculinos asistí por fín al tan comentado show del streep tease del que tanto se hablaba en el colegio. Me acuerdo que la mujer que lo realizaba era una esbelta y escultural rubia teñida que acompañada por un grupo musical , se iba quitando la ropa con mucho estilo y sensualidad hasta quedar sola en el escenario con un minúsculo corpiño donde sus abundantes y firmes senos parecían estallar y una pequeña tanga que con ayuda del efecto de luces destacaba su generoso trasero. Aquella audaz mujer semidesnuda, además de haberme excitado sobremanera, me despertó un fuerte interés por seguir asistiendo a esos misteriosos “antros del pecado”.
Como no tenía aún un trabajo estable y era menor de edad el acceso a los cabarets me resultaba muy difícil, ya que una de las principales exigencias para ingresar, era contar con dinero suficiente como para pagar las copas de las exuberantes y provocativas señoritas que se acercaban ni bien uno traspasaba la puerta de entrada. “Flamingo” se llamaba otro popular establecimiento nocturno ubicado en calle Brown casi Fitz Roy y en ese local, que era bastante más pequeño que el legendario “Odeón” , quedé impactado por el estilo de una bella mujer que bailaba al ritmo de una movediza rumba. Impactado por los atributos de la bailarina, me quedé a ver el segundo show, en esa ocasión estaba solo y esperé hasta el final para tratar de hablar y con ella e intentar convencerla de salir juntos. Aquella mujer tendría por entonces unos 28 años, una edad justa, donde en esa época la madurez llegaba mucho antes. Ante mi insistencia, con mucha sutileza me dió a entender que yo aún era un pibe y seguramente no tenía la plata suficiente como para pagar lo que ella costaba. Me acarició con ternura, me dió un ligero beso en la boca y al despedirse me dijo; "sos muy simpático, seguí insistiendo, otra vez será". Por alguna extraña razón en mis juveniles años venideros donde ya contaba con un trabajo medianamente estable los cabarets y whiskerías dejaron de ser mi obsesión, posiblemente porque mis conquistas femeninas se producían conociendo chicas en la calle y mal no me iba. El destino quiso que a mis 23 años, y ya trabajando como creativo publicitario de Idea Publicidad y conductor de programas musicales en LU2 Radio Bahía Blanca, tuve un generoso ofrecimiento por parte del señor Santín quien estaba a punto de inaugurar en calle Soler el mítico cabaret “Diábolo”, donde me propuso oficiar como presentador de los shows. "Diábolo", fué una verdadera revolución de aquellos años porque además de su ubicación estratégica y la cálida decoración, también tenía la atracción de un escenario móvil que se elevaba desde la pista bailable mediante un perfecto e ingenioso sistema hidráulico. Santín era un hombre de pocas palabras y supo manejar su negocio con la habilidad propia de un empresario serio, innovador y responsable. Por “Diábolo”, desfilaron mujeres que además de ser auténticas profesionales del arte de desvestirse de a poco y bailar casi como Dios las puso en el mundo, eran realmente bellas y sensuales. Tiempos de cuerpos naturales donde los pechos, traseros y rostros eran genuinos, naturales y no necesitaban de la cirugía plástica. El plantel femenino de “Diábolo” se renovaba cada 30 días y la mayoría de las mujeres que hacían sus números artísticos provenían de Capital Federal donde durante el resto del año solían trabajar en prestigiosos cabarets como Karim y Karina entre otros. Estas chicas solo eran contratadas para hacer su rutina, que casi siempre consistía en un show erótico y al finalizar el mismo, se dirigían a sus camarines, donde rápidamente se cambiaban de ropa y al rato, ligeramente vestidas, generalmente con provocativas minifaldas iban hacia la sala donde se dedicaban al arte de alternar con los asistentes, ganando con esta tarea de seducción un importante porcentaje por cada una de las copas a las que eran invitadas por aquellos ansiosos clientes que se les acercaban con la finalidad de convencerlas de salir con ellos al cierre del negocio.
El hecho de haber sido el animador que tuvo el privilegio de inaugurar “Diábolo”, me dio la posibilidad de conocer muy de cerca a varias de aquellas mujeres de la noche que además de poseer elegancia y anatomías fuera de serie, en su interior eran maravillosos seres humanos. Sensibles, simples y muy sinceras a la hora de entregarse a un hombre en cuerpo y alma a un hombre querido. Por la nutrida programación semanal de "Diábolo", brillaron intensamente los cantantes de tango más famosos de Argentina, era un verdadero deleite presentar a figuras de la talla de Alfredo Belussi, el "negro" Ayala, Jorge Falcón, el "Polaco" Goyeneche, Edmundo Rivero y tantos otros. Mi condición de ser un integrante más de la casa, me permitía descubrir de cerca e íntimamente cada uno de los secretos del cabaret. En los intervalos, las chicas me invitaban a tomar mate con ellas y allí las iba conociendo casi en profundidad por la confianza que me brindaban. Recuerdo que varios e importantes empresarios bahienses acostumbraban concurrir allí casi todas las noches, dejando considerables sumas de dinero por las muchas copas de champagne que consumían las chicas que alternaban con ellos. En aquellas confesiones de entrecasa, las "cabareteras" solían contar muchas anécdotas de lo que ocurría en la sala cuando se encontraban junto a estos hombres de negocios que con mucho whisky encima llegaban a prometerles desde dejar a sus esposas e hijos para casarse con ellas y disfrutar juntos de una vida plena de placeres, lujos, viajes, etc u ofrecerles una considerable mensualidad a cambio de convertirse en sus amantes exclusivas y dejar el cabaret. Era casi normal que los días viernes, llegaran ramos de rosas rojas acompañados por alguna joya o perfumes caros destinados a diferentes mujeres que se encontraban en "Diábolo". Para la mayoría de ellas, salir a trabajar al interior, significaba ganar fácilmente y en solo treinta días, una considerable cantidad de plata que difícilmente obtendrían en los establecimientos nocturnos de Capital. En Bahía, ellas sabían muy bien como cotizar al máximo sus encantos y manejaban a la perfección la técnica de hacerse desear. Por suerte, las “chicas de la noche”, tenían muy en claro que no podían perder tiempo, porque ese trabajo tenía un límite y tarde o temprano, ya sea por el paso de los años, el desgaste que provoca la noche o el hartazgo, obligadamente tendrían que dejar esa actividad antes de convertirse en viejas chotas e indignas.
La mayoría de estas mujeres no habían llegado aún a los 30 años de edad y un ochenta por ciento de ellas, ya había logrado ganar lo suficiente como para tener su propio departamento y ahorros en algún banco. Querían asegurarse el futuro de alguna manera y confesaban que ciertas actitudes de algunos hombres les producían asco, porque solo les interesaba tener sexo con ellas y pagaban lo que sea por tenerlas desnudas y a su entera disposición en una cama para dar rienda suelta a los más oscuros instintos reprimidos. Aunque se dejaban comprar por un rato, también simulaban sentir placer cuando les tocaba hacer el amor con el pudiente caballero de turno que las había elegido. Si bien sus presencias cautivantes las mostraba vestidas y maquilladas como sexys o mujeres fatales, detrás de las sonrisas que siempre estaban incorporadas a sus rostros, las “cabareteras” en su fondo no eran lo que acostumbraban representar. Contrariamente, ya fuera de escena, solían ser introvertidas, melancólicas y necesitadas de amor y cariño verdaderos, porque si había alguna intención de conquistarlas solo bastaba una sencilla flor, alguna frase cargada de sentimiento y tratarlas con el máximo de respeto. En sus temporales estadías en Bahía, les encantaba tener lo que llamaban "un marido" o novio temporal que simplemente las quiera, alguien con quién compartir además de una cama, una cena, un paseo o ir a bailar en sus días libres. Siempre la sociedad hipócrita y pacata ha calificado a las “cabareteras” de prostitutas, cuando en muchas ocasiones, tuve la posibilidad de comprobar que en ciertos círculos de alto nivel hay muchísimo más vicio, prostitución, engaños, mezquindad y mentiras que en el ámbito de las “chicas de la noche”. Quizás porque en la actividad más vieja del mundo, la actitud de las “cabareteras” era frontal, directa y sin vueltas.
Tacos altos tipo "aguja", exóticas medias de red, lencería fina, perfumes caros, pestañas postizas, pelucas, ojos delineados como pinturas de guerra para "matar", minifaldas diminutas, labios rojos, manos suaves, palabras ardientes, maxifaldas con aberturas insinuantes, cigarrillos Benson & Hedges, andar de gacelas, desenfado, risas ensayadas, imágenes mágicas que cada noche se ponían en movimiento y simultáneamente en cada uno de esos ámbitos que de a poco se fue esfumando en el tiempo para perpetuarse en el recuerdo imborrable de las pasiones humanas.
Guardo muy buenos recuerdos de los muchos momentos que viví, disfruté y compartí durante aquellos años donde tuve mi breve paso por los inolvidables cabarets de aquella Bahía que alguna vez supo ser feliz y aventurera.
Como no tenía aún un trabajo estable y era menor de edad el acceso a los cabarets me resultaba muy difícil, ya que una de las principales exigencias para ingresar, era contar con dinero suficiente como para pagar las copas de las exuberantes y provocativas señoritas que se acercaban ni bien uno traspasaba la puerta de entrada. “Flamingo” se llamaba otro popular establecimiento nocturno ubicado en calle Brown casi Fitz Roy y en ese local, que era bastante más pequeño que el legendario “Odeón” , quedé impactado por el estilo de una bella mujer que bailaba al ritmo de una movediza rumba. Impactado por los atributos de la bailarina, me quedé a ver el segundo show, en esa ocasión estaba solo y esperé hasta el final para tratar de hablar y con ella e intentar convencerla de salir juntos. Aquella mujer tendría por entonces unos 28 años, una edad justa, donde en esa época la madurez llegaba mucho antes. Ante mi insistencia, con mucha sutileza me dió a entender que yo aún era un pibe y seguramente no tenía la plata suficiente como para pagar lo que ella costaba. Me acarició con ternura, me dió un ligero beso en la boca y al despedirse me dijo; "sos muy simpático, seguí insistiendo, otra vez será". Por alguna extraña razón en mis juveniles años venideros donde ya contaba con un trabajo medianamente estable los cabarets y whiskerías dejaron de ser mi obsesión, posiblemente porque mis conquistas femeninas se producían conociendo chicas en la calle y mal no me iba. El destino quiso que a mis 23 años, y ya trabajando como creativo publicitario de Idea Publicidad y conductor de programas musicales en LU2 Radio Bahía Blanca, tuve un generoso ofrecimiento por parte del señor Santín quien estaba a punto de inaugurar en calle Soler el mítico cabaret “Diábolo”, donde me propuso oficiar como presentador de los shows. "Diábolo", fué una verdadera revolución de aquellos años porque además de su ubicación estratégica y la cálida decoración, también tenía la atracción de un escenario móvil que se elevaba desde la pista bailable mediante un perfecto e ingenioso sistema hidráulico. Santín era un hombre de pocas palabras y supo manejar su negocio con la habilidad propia de un empresario serio, innovador y responsable. Por “Diábolo”, desfilaron mujeres que además de ser auténticas profesionales del arte de desvestirse de a poco y bailar casi como Dios las puso en el mundo, eran realmente bellas y sensuales. Tiempos de cuerpos naturales donde los pechos, traseros y rostros eran genuinos, naturales y no necesitaban de la cirugía plástica. El plantel femenino de “Diábolo” se renovaba cada 30 días y la mayoría de las mujeres que hacían sus números artísticos provenían de Capital Federal donde durante el resto del año solían trabajar en prestigiosos cabarets como Karim y Karina entre otros. Estas chicas solo eran contratadas para hacer su rutina, que casi siempre consistía en un show erótico y al finalizar el mismo, se dirigían a sus camarines, donde rápidamente se cambiaban de ropa y al rato, ligeramente vestidas, generalmente con provocativas minifaldas iban hacia la sala donde se dedicaban al arte de alternar con los asistentes, ganando con esta tarea de seducción un importante porcentaje por cada una de las copas a las que eran invitadas por aquellos ansiosos clientes que se les acercaban con la finalidad de convencerlas de salir con ellos al cierre del negocio.
El hecho de haber sido el animador que tuvo el privilegio de inaugurar “Diábolo”, me dio la posibilidad de conocer muy de cerca a varias de aquellas mujeres de la noche que además de poseer elegancia y anatomías fuera de serie, en su interior eran maravillosos seres humanos. Sensibles, simples y muy sinceras a la hora de entregarse a un hombre en cuerpo y alma a un hombre querido. Por la nutrida programación semanal de "Diábolo", brillaron intensamente los cantantes de tango más famosos de Argentina, era un verdadero deleite presentar a figuras de la talla de Alfredo Belussi, el "negro" Ayala, Jorge Falcón, el "Polaco" Goyeneche, Edmundo Rivero y tantos otros. Mi condición de ser un integrante más de la casa, me permitía descubrir de cerca e íntimamente cada uno de los secretos del cabaret. En los intervalos, las chicas me invitaban a tomar mate con ellas y allí las iba conociendo casi en profundidad por la confianza que me brindaban. Recuerdo que varios e importantes empresarios bahienses acostumbraban concurrir allí casi todas las noches, dejando considerables sumas de dinero por las muchas copas de champagne que consumían las chicas que alternaban con ellos. En aquellas confesiones de entrecasa, las "cabareteras" solían contar muchas anécdotas de lo que ocurría en la sala cuando se encontraban junto a estos hombres de negocios que con mucho whisky encima llegaban a prometerles desde dejar a sus esposas e hijos para casarse con ellas y disfrutar juntos de una vida plena de placeres, lujos, viajes, etc u ofrecerles una considerable mensualidad a cambio de convertirse en sus amantes exclusivas y dejar el cabaret. Era casi normal que los días viernes, llegaran ramos de rosas rojas acompañados por alguna joya o perfumes caros destinados a diferentes mujeres que se encontraban en "Diábolo". Para la mayoría de ellas, salir a trabajar al interior, significaba ganar fácilmente y en solo treinta días, una considerable cantidad de plata que difícilmente obtendrían en los establecimientos nocturnos de Capital. En Bahía, ellas sabían muy bien como cotizar al máximo sus encantos y manejaban a la perfección la técnica de hacerse desear. Por suerte, las “chicas de la noche”, tenían muy en claro que no podían perder tiempo, porque ese trabajo tenía un límite y tarde o temprano, ya sea por el paso de los años, el desgaste que provoca la noche o el hartazgo, obligadamente tendrían que dejar esa actividad antes de convertirse en viejas chotas e indignas.
La mayoría de estas mujeres no habían llegado aún a los 30 años de edad y un ochenta por ciento de ellas, ya había logrado ganar lo suficiente como para tener su propio departamento y ahorros en algún banco. Querían asegurarse el futuro de alguna manera y confesaban que ciertas actitudes de algunos hombres les producían asco, porque solo les interesaba tener sexo con ellas y pagaban lo que sea por tenerlas desnudas y a su entera disposición en una cama para dar rienda suelta a los más oscuros instintos reprimidos. Aunque se dejaban comprar por un rato, también simulaban sentir placer cuando les tocaba hacer el amor con el pudiente caballero de turno que las había elegido. Si bien sus presencias cautivantes las mostraba vestidas y maquilladas como sexys o mujeres fatales, detrás de las sonrisas que siempre estaban incorporadas a sus rostros, las “cabareteras” en su fondo no eran lo que acostumbraban representar. Contrariamente, ya fuera de escena, solían ser introvertidas, melancólicas y necesitadas de amor y cariño verdaderos, porque si había alguna intención de conquistarlas solo bastaba una sencilla flor, alguna frase cargada de sentimiento y tratarlas con el máximo de respeto. En sus temporales estadías en Bahía, les encantaba tener lo que llamaban "un marido" o novio temporal que simplemente las quiera, alguien con quién compartir además de una cama, una cena, un paseo o ir a bailar en sus días libres. Siempre la sociedad hipócrita y pacata ha calificado a las “cabareteras” de prostitutas, cuando en muchas ocasiones, tuve la posibilidad de comprobar que en ciertos círculos de alto nivel hay muchísimo más vicio, prostitución, engaños, mezquindad y mentiras que en el ámbito de las “chicas de la noche”. Quizás porque en la actividad más vieja del mundo, la actitud de las “cabareteras” era frontal, directa y sin vueltas.
Tacos altos tipo "aguja", exóticas medias de red, lencería fina, perfumes caros, pestañas postizas, pelucas, ojos delineados como pinturas de guerra para "matar", minifaldas diminutas, labios rojos, manos suaves, palabras ardientes, maxifaldas con aberturas insinuantes, cigarrillos Benson & Hedges, andar de gacelas, desenfado, risas ensayadas, imágenes mágicas que cada noche se ponían en movimiento y simultáneamente en cada uno de esos ámbitos que de a poco se fue esfumando en el tiempo para perpetuarse en el recuerdo imborrable de las pasiones humanas.
Guardo muy buenos recuerdos de los muchos momentos que viví, disfruté y compartí durante aquellos años donde tuve mi breve paso por los inolvidables cabarets de aquella Bahía que alguna vez supo ser feliz y aventurera.
jueves, 30 de abril de 2009
El señor Vicente Levantesi en la historia de la radio bahiense.
Yo era muy pibe por entonces, pero jamás olvidaré a aquel señor con mayúsculas llamado Vicente Levantesi. Lo recuerdo impecáblemente vestido con sus elegantes trajes y dirigiendo la emisora LU3 Radio Del Sur con un profesionalismo poco común. Siempre tenía una sonrisa a flor de labios, su caminar era seguro y se movía por el edificio de la histórica emisora como quien conoce el todo y mucho más de ese mundo mágico y a su vez complejo llamado comunicación radial, donde las voces despiertan sensaciones inexplicables y el vuelo de la imaginación llega a las máximas alturas. Vicente era muy amigo de mi viejo Víctor. Ambos se conocían desde hacía mucho tiempo y solían compartír sus ratos libres en la luminosas mañanas de la inolvidable y cálida Pizzería "Pepito", una firma tradicional ubicada en Alsina al 200, donde a diario solían reunirse empleados, comerciantes y profesionales de todo tipo que junto a clientes habitués se reunían en sus amplias instalaciones para comer aquellas pizzas de sabor único acompañadas por el infaltable Cinzano o Gancia con ingredientes. Sitio donde estallaban risas espontáneas, anécdotas de todo tipo y mesas felices colmadas por personas de una Bahía Blanca que pertenece al nostálgico ayer sin retorno. Vicente Levantesi le puso su sello personal a la emisora que dirigía. En la programación de la radio la ebullición era constante, todo lo que se oía desde el edificio de calle Lamadrid casi Alsina además de novedoso, atrapaba por su estilo diferente. Tiempos en que la ciudad contaba con tres radios comerciales AM como LU7 radio general San Martín, LU2 Radio Bahía Blanca y LU3 que competían fuertemente y en cada una de ellas se movía un amplio universo de programas y personas que volcaban lo mejor de sí en sus variados programas. Cuando pasaba por la legendaria "Pepito" y veía a mi padre charlando animadamente con Vicente, pensaba; "que bueno ser amigo de tamaño personaje". Quizás por esa época yo era muy chico y aún no había llegado el momento de mi oportunidad profesional, pero como ya conté antes, iba "mamando" todo lo que emergía de ese mundo al que pocos años después pude acceder para permanecer en él hasta la actualidad.
En más de dos o tres oportunidades y estando en algún café céntrico junto a Edgardo Levantesi, sobrino de Vicente, cuando llegaba el momento de llamar al mozo para pagarle, éste nos respondía; "está pago, muchachos. El señor Vicente se hizo cargo". Vicente Levantesi era intuitivo, sabía claramente cuando estaba frente al eventual protagonista de un éxito seguro y su percepción a la hora de elegir responsables para los envíos de LU3, era difícil que fallara. En esa onda dejaron su estela luminosa valiosos locutores, conductores de programas musicales, notables periodistas e importantes figuras del radioteatro local que aún no han tenido su merecido, justo y necesario homenaje en la historia de la radiofonía bahiense. Al fallecer Vicente Levantesi, en uno de los estudios de LU3, durante mucho tiempo estuvo colgado un magnífico óleo con su rostro. Aquel era uno de los retratos más perfectos que ví en mi vida, porque además de su realización exacta, poseía una intensa luz propia. Ignoro quien fué el autor de la obra y me pregunto; "¿quien tendrá hoy ese cuadro de Vicente?".
Después LU3, con la llegada de la televisión iniciaría un dificultoso e incierto camino donde surgían nuevos gerentes que hacían lo que podían, pero por alguna razón no encontraban el rumbo correcto. La mística lograda en los gloriosos inicios se iba diluyendo y ya nada volvería a ser igual o comparable. Después de mi paso por LU2 Radio Bahía Blanca, empresa donde inicié mi carrera como conductor de programas musicales, a principio de los años setenta, Oscar "Bibi" Coleffi, quien había sido designado gerente comercial de LU3, me convocó para sumarme a la programación de esa querida radio donde tuve la oportunidad de estar al frente de contenidos como "Desde el Jardín", "Sabor a Vacaciones". "Los MH Positivos", "Domingos en Caravana", "Viva la Gente" y "Cómplice" entre otros, cada vez que entraba al estudio central para iniciar mi tarea frente al micrófono, allí a pocos metros estaba el retrato de Vicente Levantesi y de alguna manera, lo sentía cerca mío, como si su espíritu de hombre de radio, estuviera alentándonos desde algún sitio lejano llamado paraíso, tanto a mí como a los otros jóvenes que trabajábamos en ese edificio habitado por duendes comunicadores.
Las últimas gerencias estuvieron a cargo de Oscar "Bibi" Coleffi, una excelente persona que además de ser un notorio relator deportivo, hasta el final de sus días le puso a la radio toda su pasión para intentar sacarla a flote. Lamentablemente el querido "Bibi", falleció muy jóven. A él, le sucede Pablo B.Serrat otro reconocido hombre de los medios quién deja de existir en la década del noventa.
Hace pocas semanas, en un caluroso Marzo del 2009, entré después de muchos años al edificio de LU3, una elegante y amplia casona donde alguna vez viviera y se inspirara el escritor Eduardo Mallea. Aún, la voz de LU3 Radio del Sur, sigue en el aire. Más débil que en otras épocas, con menor potencia, resistiendo con uñas y dientes a los embates de las sucesivas crísis económicas y las feroces depredaciones sufridas durante varias décadas de pésimas dirigencias. Hoy la emisora está conducida por un grupo de empleados que formó una cooperativa. Entre ellos se encuentra un veterano periodista de apellido Mc Dougall, que en una charla informal me contó los padecimientos que tuvo la radio en su penoso transitar, prácticamente a la deriva donde se instalaron Dios sabe elegidos por quién, una serie de incompetentes interventores que la sumieron a una triste miseria e inexplicable inacción. También me relató que gran parte del material discográfico y equipos desaparecieron "de noche" posiblemente en esos clásicos robos "hormiga", donde los inescrupulosos de siempre, lejos, muy lejos de parecerse minimamente a los artífices verdaderos de la epopeya radial, quisieron tener en el inventario de su alma oscura un pedazo inmerecido de una bella historia a la que nunca pertenecerán, porque felizmente cada capítulo de la misma, solo habita en el fantástico universo de los grandes hombres que la forjaron.
En más de dos o tres oportunidades y estando en algún café céntrico junto a Edgardo Levantesi, sobrino de Vicente, cuando llegaba el momento de llamar al mozo para pagarle, éste nos respondía; "está pago, muchachos. El señor Vicente se hizo cargo". Vicente Levantesi era intuitivo, sabía claramente cuando estaba frente al eventual protagonista de un éxito seguro y su percepción a la hora de elegir responsables para los envíos de LU3, era difícil que fallara. En esa onda dejaron su estela luminosa valiosos locutores, conductores de programas musicales, notables periodistas e importantes figuras del radioteatro local que aún no han tenido su merecido, justo y necesario homenaje en la historia de la radiofonía bahiense. Al fallecer Vicente Levantesi, en uno de los estudios de LU3, durante mucho tiempo estuvo colgado un magnífico óleo con su rostro. Aquel era uno de los retratos más perfectos que ví en mi vida, porque además de su realización exacta, poseía una intensa luz propia. Ignoro quien fué el autor de la obra y me pregunto; "¿quien tendrá hoy ese cuadro de Vicente?".
Después LU3, con la llegada de la televisión iniciaría un dificultoso e incierto camino donde surgían nuevos gerentes que hacían lo que podían, pero por alguna razón no encontraban el rumbo correcto. La mística lograda en los gloriosos inicios se iba diluyendo y ya nada volvería a ser igual o comparable. Después de mi paso por LU2 Radio Bahía Blanca, empresa donde inicié mi carrera como conductor de programas musicales, a principio de los años setenta, Oscar "Bibi" Coleffi, quien había sido designado gerente comercial de LU3, me convocó para sumarme a la programación de esa querida radio donde tuve la oportunidad de estar al frente de contenidos como "Desde el Jardín", "Sabor a Vacaciones". "Los MH Positivos", "Domingos en Caravana", "Viva la Gente" y "Cómplice" entre otros, cada vez que entraba al estudio central para iniciar mi tarea frente al micrófono, allí a pocos metros estaba el retrato de Vicente Levantesi y de alguna manera, lo sentía cerca mío, como si su espíritu de hombre de radio, estuviera alentándonos desde algún sitio lejano llamado paraíso, tanto a mí como a los otros jóvenes que trabajábamos en ese edificio habitado por duendes comunicadores.
Las últimas gerencias estuvieron a cargo de Oscar "Bibi" Coleffi, una excelente persona que además de ser un notorio relator deportivo, hasta el final de sus días le puso a la radio toda su pasión para intentar sacarla a flote. Lamentablemente el querido "Bibi", falleció muy jóven. A él, le sucede Pablo B.Serrat otro reconocido hombre de los medios quién deja de existir en la década del noventa.
Hace pocas semanas, en un caluroso Marzo del 2009, entré después de muchos años al edificio de LU3, una elegante y amplia casona donde alguna vez viviera y se inspirara el escritor Eduardo Mallea. Aún, la voz de LU3 Radio del Sur, sigue en el aire. Más débil que en otras épocas, con menor potencia, resistiendo con uñas y dientes a los embates de las sucesivas crísis económicas y las feroces depredaciones sufridas durante varias décadas de pésimas dirigencias. Hoy la emisora está conducida por un grupo de empleados que formó una cooperativa. Entre ellos se encuentra un veterano periodista de apellido Mc Dougall, que en una charla informal me contó los padecimientos que tuvo la radio en su penoso transitar, prácticamente a la deriva donde se instalaron Dios sabe elegidos por quién, una serie de incompetentes interventores que la sumieron a una triste miseria e inexplicable inacción. También me relató que gran parte del material discográfico y equipos desaparecieron "de noche" posiblemente en esos clásicos robos "hormiga", donde los inescrupulosos de siempre, lejos, muy lejos de parecerse minimamente a los artífices verdaderos de la epopeya radial, quisieron tener en el inventario de su alma oscura un pedazo inmerecido de una bella historia a la que nunca pertenecerán, porque felizmente cada capítulo de la misma, solo habita en el fantástico universo de los grandes hombres que la forjaron.
sábado, 25 de abril de 2009
Recordando el paso por nuestras vidas de aquel hermoso niño llamado Víctor Gómez
Esto sucedió a principio de los años ochenta, últimos tiempos de la dictadura militar Argentina. Por entonces, el Patronato de la Infancia de Bahía Blanca, albergaba a muchos niños de ambos sexos, algunos vivían en ese edificio histórico creado por Don Adelino Gutiérrez por su condición de huérfanos o bien porque provenían de hogares carenciados que no podían brindarles las necesidades mínimas que un chico necesita para crecer dignamente como educación, alimentos y un entorno familiar saludable. El Patronato se caracterizó siempre por ser una institución seria que realmente se ocupaba de la infancia y en ese entonces la obra se mantenía con la colaboración de empresas y ciudadanos locales más algún aporte del gobierno provincial. En varias oportunidades las autoridades de turno, nos solicitaban que colaboremos en la difusión de diferentes campañas, algo que tanto yo como mis colegas de la radio hacíamos espontáneamente y con muy buenos resultados. Había allí muchos pequeños, algunos contaban con la visita de sus familiares y otros lo pasaban en soledad, principalmente los fines de semana, fué entonces que la entidad lanzó una campaña para que Sábados y Domingos, la comunidad se acerque al Patronato e invite a un niño a su casa, una manera inteligente de integrar de a poco a los allí alojados a la sociedad y convivir con las familias que se sumaran a esta positiva acción. Recuerdo que durante un día sábado, concurrí al edificio, con la simple intención de visitar a los chicos, cuando uno de ellos, imprevistamente se aferró a mi pierna derecha y con la mirada más inocente, tierna y bella del mundo me dijo; "lleváme con vos". El niño tenía unos cuatro años, sus ojos eran negros y poseían un brillo y expresión poco común. Se llamaba Víctor, igual que mi viejo. No lo dudé y solicité a las autoridades de turno que me permitan llevarlo a casa durante ese fin de semana. Completé unos formularios, donde por 48 horas me hacía responsable del pequeño que resultó llamarse Víctor Gómez. Grande fué la sorpresa primero y la posterior alegría tanto de Elvira como de Virginia cuando me vieron llegar acompañado por el niño, quién rápidamente se integró a nuestra pequeña familia. Lo primero que hicimos ese sábado a la tarde fué comprarle ropa nueva. Al día siguiente, nos ocupamos de llevarlo a pasear y allí nuestro huesped descubrió el mágico encanto de la calesita del Parque de Mayo, donde no se cansaba de dar vueltas y vueltas.
En solo dos días, Víctor pasó a ser un hijo más para nosotros. A mi me decía Papá y a Elvira, Mamá. Cariñoso en extremo y poseedor de una dulzura innata, Víctor también estaba dotado de una gran simpatía y risa contagiosa. El era feliz y nosotros mucho más. Para Virginia pasó a ser el hermanito que no había tenido y gracias a una conversación que mantuve con la jueza de menores, logramos una tenencia temporaria de la criatura. El hecho de ser alguien conocido en los medios, ayudó mucho a la hora de pedir esa custodia limitada, ya que los requisitos necesarios para ello, también contemplaban la inspección de nuestra casa por parte de una visitadora social. A partir de una allí comenzó para nosotros una etapa hermosa donde nuestra existencia cotidiana se había transformado totalmente con las ocurrencias y las inquietudes inocentes del pequeño gran Víctor, el hijo varón que no habíamos podido tener por causas naturales y ahora Dios ponía en nuestro hogar.
Los paseos se repetían, el niño no paraba de sorprenderse con las distintas visitas a un gran salón de juegos infantiles mecánicos que tanto le gustaban. Durante la noche, le encantaba oir cuentos que le relatábamos antes de dormir y un inolvidable rostro de felicidad que parecía estallar cada mañana a la hora del desayuno.
Pero un buen día, me citan en el Juzgado de Menores al que asisto entusiasmado pensando que allí me darían algo más que la tenencia temporal. La Jueza, una mujer jóven y muy comprensiva, me comunica que el padre del pequeño había salido de la cárcel y lo reclamaba, porque lo asistía ese derecho. En pocas palabras, de acuerdo a las leyes, Víctor debía retornar al Patronato y posteriormente a su hogar. Fué aquel el peor día de mi existencia, ya que yo mismo debía encargarme de llevarlo al mismo edificio donde pocos meses antes lo había sacado para llevarlo a nuestra casa.
Cuando me iba aproximando con el auto, Víctor presintió que algo no andaba bien, primero se puso nervioso y luego comenzó a llorar diciéndome; "nó papá, acá nó, vamos a casa". El momento era terrible, nada podía hacer por aquel chico que durante algún tiempo breve que pareció una eternidad, había sido nuestro hijo. La órden del Juzgado era inamovible y si no se cumplía podrían surgir graves complicaciones para mí, ya que había aceptado hacerme responsable del pequeño. Una de las preceptoras de la institución, nos estaba esperando en la puerta de acceso y allí, al verla, Víctor se aferró a mí con todas sus fuerzas y seguía gritando ya de manera desgarradora. La empleada me pidió amablemente que me quede afuera y lo condujo hacia el interior. Los gritos del chico eran cada vez más fuertes. Nada pude hacer, escuché su voz reclamándo mi ayuda hasta que finalmente se fué perdiendo en el largo pasillo. Aquellos gritos aún resuenan en mis oídos, principalmente cuando me rogaba; "papá, papá no me dejes". Ojalá Dios y el destino me pusieran alguna vez delante de Víctor Gómez, hoy, un muchacho ya grande, que alguna vez hace casi 30 años, pudo haber crecido feliz a nuestro lado como un amado hijo que lamentáblemente nos arrebató el destino.
En solo dos días, Víctor pasó a ser un hijo más para nosotros. A mi me decía Papá y a Elvira, Mamá. Cariñoso en extremo y poseedor de una dulzura innata, Víctor también estaba dotado de una gran simpatía y risa contagiosa. El era feliz y nosotros mucho más. Para Virginia pasó a ser el hermanito que no había tenido y gracias a una conversación que mantuve con la jueza de menores, logramos una tenencia temporaria de la criatura. El hecho de ser alguien conocido en los medios, ayudó mucho a la hora de pedir esa custodia limitada, ya que los requisitos necesarios para ello, también contemplaban la inspección de nuestra casa por parte de una visitadora social. A partir de una allí comenzó para nosotros una etapa hermosa donde nuestra existencia cotidiana se había transformado totalmente con las ocurrencias y las inquietudes inocentes del pequeño gran Víctor, el hijo varón que no habíamos podido tener por causas naturales y ahora Dios ponía en nuestro hogar.
Los paseos se repetían, el niño no paraba de sorprenderse con las distintas visitas a un gran salón de juegos infantiles mecánicos que tanto le gustaban. Durante la noche, le encantaba oir cuentos que le relatábamos antes de dormir y un inolvidable rostro de felicidad que parecía estallar cada mañana a la hora del desayuno.
Pero un buen día, me citan en el Juzgado de Menores al que asisto entusiasmado pensando que allí me darían algo más que la tenencia temporal. La Jueza, una mujer jóven y muy comprensiva, me comunica que el padre del pequeño había salido de la cárcel y lo reclamaba, porque lo asistía ese derecho. En pocas palabras, de acuerdo a las leyes, Víctor debía retornar al Patronato y posteriormente a su hogar. Fué aquel el peor día de mi existencia, ya que yo mismo debía encargarme de llevarlo al mismo edificio donde pocos meses antes lo había sacado para llevarlo a nuestra casa.
Cuando me iba aproximando con el auto, Víctor presintió que algo no andaba bien, primero se puso nervioso y luego comenzó a llorar diciéndome; "nó papá, acá nó, vamos a casa". El momento era terrible, nada podía hacer por aquel chico que durante algún tiempo breve que pareció una eternidad, había sido nuestro hijo. La órden del Juzgado era inamovible y si no se cumplía podrían surgir graves complicaciones para mí, ya que había aceptado hacerme responsable del pequeño. Una de las preceptoras de la institución, nos estaba esperando en la puerta de acceso y allí, al verla, Víctor se aferró a mí con todas sus fuerzas y seguía gritando ya de manera desgarradora. La empleada me pidió amablemente que me quede afuera y lo condujo hacia el interior. Los gritos del chico eran cada vez más fuertes. Nada pude hacer, escuché su voz reclamándo mi ayuda hasta que finalmente se fué perdiendo en el largo pasillo. Aquellos gritos aún resuenan en mis oídos, principalmente cuando me rogaba; "papá, papá no me dejes". Ojalá Dios y el destino me pusieran alguna vez delante de Víctor Gómez, hoy, un muchacho ya grande, que alguna vez hace casi 30 años, pudo haber crecido feliz a nuestro lado como un amado hijo que lamentáblemente nos arrebató el destino.
lunes, 30 de marzo de 2009
Cuando en plena dictadura militar se me ocurre la poco feliz idea de producir una comedia teatral llamada "La Noche que Draculón se levantó del Cajón"
En aquellos años, 1978, las cosas en la Argentina se ponían muy complicadas a la hora de intentar transgredir las reglas arcaicas propias de una tiranía. Ya relaté que la censura llegaba al cine, las revistas, los diarios, la música, la radio, la publicidad y también al teatro. Todo parecía estar prohibido, inclusive se controlaban rigurosamente los avisos donde aparecía alguna chica escultural que se atreviera a mostrar sus dotes naturales sin tomar los recaudos que exigía el censor de turno, por ejemplo, exhibir una parte de sus senos. Para evitar este pecado de osadía, era frecuente observar que las publicidades de revistas las modelos fotografiadas debían usar ridículos y pacatos corpiños o bikinis que las cubrían grotescamente. En medio de aquella locura donde también abundaba la violencia y el miedo, se me ocurre escribir una comedia teatral que titulé "La Noche que Draculón se Levantó del Cajón". Comencé a escribirla con la intención de divertirme o evadirme de la cruenta realidad que por aquellos años se vivía en Argentina. Una tarde, le comenté la idea a Armando "Cococho" Alvarez, un singular personaje bahiense que junto a un socio se había hecho cargo del teatro Rossini y los cines Unión y Candilejas. Alvarez era un loco lindo que años atrás había cumplido tareas como operador en la antológica emisora LU3 Radio Del Sur, y a mi entender, ya que tuve la oportunidad de trabajar con él en varios contenidos musicales, tuvo allí un desempeño brillante donde a la hora de ocuparse de la mesa de sonidos tanto como para hacer un programa en vivo o grabaciones se destacaba por su rapidez y creatividad en las ediciones o cambios de cortinas que en esos años se realizaban con tecnología muy básica como los grabadores de cinta o las bandejas giradiscos,
A "Cococho" Alvarez le estaba yendo muy bien economicamente con su carrera de empresario y se entusiasmó tanto con el proyecto de mi comedia que ofreció asociarse para comenzar de inmediato con la búsqueda de un elenco de actrices y actores que reunieran las condiciones necesarias como para que la obra se hiciera con el respaldo de una buena producción. Lo primero que hicimos fué publicar un aviso en el diario local convocando a un casting de actores de ambos sexos. Pactamos con "Cococho" que los ensayos los haríamos en un amplio espacio que yo tenía en un sector de Palacios Publicidad, ya que la casa donde funcionaba la agencia contaba con unos 400 metros cubiertos. Obsesionados por lograr que la comedia saliera lo mejor posible, contratamos a un reconocido director teatral de Bahía, que manejaba un pequeño teatro under ubicado a pocos metros de nuestra agencia.
El director y su elenco teatral estaban en la mira de los militares y en más de una oportunidad le habían allanado el edificio por sus inclinaciones hacia la izquierda. Esta persecución originada en motivos netamente ideológicos le estaba ocasionando serios inconvenientes anímicos y económicos, ya que por lógico temor el público no asistía a ver las obras que programaba y los alumnos de su escuela de teatro dejaban de asistir por miedo a quedar fichados por los servicios de inteligencia.
En el momento en que le dimos una copia del libreto a este buen director, nos dimos cuenta que aceptó la tarea resignadamente y solo porque necesitaba dinero. Nunca lo puso de manifiesto, pero seguramente en su interior no estaba para nada convencido del liviano contenido argumental de la propuesta.
El argumento; Durante una noche tormenta un vehículo que transportaba a las integrantes de una compañía itinerante de teatro erótico, debido a un desperfecto mecánico queda detenido en un solitario camino en medio de un verdadero temporal. El chofer es un homosexual que a su vez también cumple tareas como peluquero y modisto de la paupérrima compañía, le sugiere a las tres esculturales muchachas que integran el elenco que lo mejor que pueden hacer para salir de la emergencia es empezar a caminar por el solitario camino intentando encontrar ayuda.
Totalmente empapados, los cuatro protagonistas, avanzan dificultosamente por la oscuridad del tétrico paraje hasta que una de las jóvenes divisa las luces de lo que parece ser una vivienda ubicada a unos cien metros de distancia. Con mucho esfuerzo, llegan por fin hasta el sitio y con sorpresa observan que se trata de una imponente y antigua mansión construída en medio del espeso bosque. Los náufragos de la tormenta caminan desesperados hasta la gran puerta de entrada y golpean repetidamente el aldabón, hasta que a los pocos minutos, con un chirrido de goznes, la pesada puerta se abre y aparece un horrible enano con joroba quien les pregunta que desean. Los cuatro desgraciados, casi al borde de sus fuerzas le explican lo ocurrido al personaje, que resulta ser el mayordomo de la casona. El hombre, con una sonrisa siniestra los invita a pasar y ubicarse cerca de un gigantesco hogar donde crepitan los leños que alimentan el fuego del amplísimo y lujoso living. A los pocos minutos, el mayordomo que se llama Ariel, les trae ropa seca y toallas. Los cuatro visitantes han entrado en calor, sus cuerpos antes semicongelados, ahora están secos y se sienten cómodos, aunque Romualdo, el chofer, maquillador y peluquero de la compañía itinerante descubre con una mezcla de miedo y curiosidad que en un sector de la sala, se encuentra un féretro. Ariel el mayordomo les explica que allí descansa el cuerpo del conde Draculón, quien falleció hace veinte años. En ese mismo momento, Sandra una de las bailarinas de la troupe, queda fascinada al ver en una de las paredes de piedra el retrato al óleo de un elegante y atractivo hombre. La pintura al óleo es una verdadera obra de arte y la tela de importantes dimensiones está enmarcada con gruesas varillas de oro. "¿Quien es ese señor tan buen mozo?"- pregunta la pulposa sandra. El mayordomo con cierta tristeza le responde; "ese caballero es mi amo, el conde Draculón, quien se encuentra en ese féretro a la espera del beso que lo despierte de su largo sueño". Es allí cuando el amanerado Romualdo, replica con cierta ironía; "¿Dice usted que un simple beso puede despertar al difunto?"; "efectivamente, mi querido amigo. Probado está que la leyenda de la dinastía Draculón, dice que si a mi amo una mujer rubia y esbelta le succiona el pene con cariño y pasión, mi amo volverá de inmediato a la vida". Los presentes no pueden evitar sus carcajadas al oir lo que sin inmutarse termina de decir Ariel, quién no puede ocultar su disgusto ante esta reacción irrespetuosa. Carola, una morocha de pechos turgentes, movida por la curiosidad le pide al mayordomo que quite la tapa del ataúd para ver el cuerpo del conde. El mayordomo jorobado, asiente con una leve inclinación de cabeza y se dirige hacia el costoso féretro rodeado de manijas e incrustaciones de plata procediendo a abrir la pesada tapa. Los ventanales se iluminan por segundos con los rayos acompañados por fuertes truenos producidos por la fuerte tormenta de viento y lluvia. El mayordomo ya ha descubierto el interior del ataúd y los visitantes se acercan temerosos. El rostro del conde Draculón está intacto, pero más allá de su palidez, no da la impresión de ser un cadáver. Las tres coristas quedan deslumbradas al observar el bello rostro del conde, y Sandra, espontáneamente comienza a acariciar los cabellos del ocupante del féretro. Ariel al notar esta actitud, dirigiéndose a la joven le dice; "Señorita, si usted se anima a besar el pene de mi amo, recibirá una bolsa repleta de monedas de oro, esa es la recompensa destinada para la mujer que lo resucite".
Sandra al oir esto, comienza a recorrer con sus delgadas manos el cuerpo del conde, quien está vestido con un impecable frac de color negro. Cuando está llegando a la parte de la bragueta, mira fijamente al mayordomo y le pregunta; "Si se la beso y el conde revive, ¿quien me garantiza que recibiré esa recompensa?". "Vea desconfiada señorita, para que usted compruebe la seriedad de la propuesta, ahora mismo le entregaré a modo de anticipo la mitad del contenido de las piezas de oro. Sírvase y proceda a llevar a cabo la tarea". Sandra, recibe la bolsa, no puede creer que será inmensamente rica por el simple hecho de besar el pene de un muerto al que supone embalsamado. Muchas veces ha hecho esto, prostituyéndose a cambio de miserables retribuciones, ya no duda y quita todos los botones de la bragueta. Un miembro fláccido pero de impresionante tamaño queda al descubierto. Al ver esto, Romualdo el peluquero exclama; "Hay chicas, miren eso, ¿no lo puedo besar yó también?". En segundos, movido por las artes desplegadas por la lengua y boca de Sandra, el pene comienza a crecer casi imparable y el rostro antes apacible del conde Draculón comienza a transformarse con vivos movimientos y gestos de placer. La bizarra obra continúa en escena mostrando juegos sexuales sugeridos en los que interactúan el chofer homosexual, el enano, el conde y las tres coristas. Todo en un clima de descontrol, donde abundan bailes eróticos, un strep tease de Zulma, otra de las chicas de la troupe y un romance furioso entre el deforme mayordomo y Carola. No recuerdo con claridad los detalles finales de esta alocada obra, sí puedo asegurar que además de los ensayos diarios y las exigencias del director que oportunamente contratamos, también invertimos en un ataud verdadero, vestuario y una escenografía muy bien lograda del living del palacio del conde Draculón. "Cococho" fué el encargado de hacer contactos con distintos teatros de la zona de influencia con el fin de alquilar las salas y hacer el cronograma de actuaciones de nuestra flamante compañía de revistas.
En pocos días, comenzamos a recibir llamados de distintos pequeños y medianos empresarios interesados en llevar la comedia a diferentes localidades. El ansiado debut de "La Noche que Draculón se Levantó del Cajón", fué programado para dos funciones que se llevarían a cabo un día sábado en una ciudad cercana a Bahía Blanca. "Cococho" alquiló los servicios de una combi, el vehículo que transportaría al elenco, iluminadores, sonidistas, etc. También se encargaron fotos a gran tamaño de los artistas y sus respectivos afiches. Al primer día del lanzamiento de la publicidad, que además de la gráfica también incluía el audio de un móvil callejero provisto de un equipo de sonido (propaladora) que recorría mañana y tarde las calles de la ciudad elegida para el gran estreno. Ya se habían vendido casi el ochenta por ciento de las entradas. "Cococho", había viajado anticipadamente para ocuparse de todos los detalles del debut y me llamaba permanentemente por teléfono. Cerca de las 20 horas del día elegido, vuelve a comunicarse, pero en esta oportunidad se lo escuchaba sumamente nervioso y casi fuera de sí. "Calmate y contáme que está pasando "Cococho", le dije. Del otro lado se produce un breve silencio y con voz quebrada me responde; "cagamos loco, vino el ejército, sacaron las fotos, prohibieron la venta de entradas y cerraron el teatro". "Bueno, pero al menos estás vivo, juntá al elenco y veníte cuanto antes con toda la gente", le sugerí.
De esta forma abrupta y casi previsible concluyó mi primera incursión como autor y co-productor de esta mediocre comedia musical que murió antes de nacer. Días después nos enteramos que los integrantes de una influyente Liga de la Moral, quienes al enterarse del pornográfico estreno, no dudaron en denunciarnos y todo terminó en una anécdota o intento transgresor en una época oscura donde reinaba la muerte, las desapariciones, el dolor, la confusión y una serie de horrores que nos marcaron a fuego con una secuela de odios y rencores que aún perduran sin perdón ni olvido. Aquella prohibición que sufrimos con "La Noche que Draculón se Levantó del Cajón" fué algo muy mínimo si lo comparamos con las que sufrieron calificados autores de obras serias y comprometidas, artistas de cine y teatro, escritores, periodistas, psicólogos, profesores, trabajadores o simples ciudadanos que perdieron la vida, fueron encarcelados o alcanzaron a salir a tiempo del país,exiliarse y así salvar su vida refugiándose en la nostalgia o el desarraigo de los países amigos que por aquellos años los recibían incondicionalmente.
A "Cococho" Alvarez le estaba yendo muy bien economicamente con su carrera de empresario y se entusiasmó tanto con el proyecto de mi comedia que ofreció asociarse para comenzar de inmediato con la búsqueda de un elenco de actrices y actores que reunieran las condiciones necesarias como para que la obra se hiciera con el respaldo de una buena producción. Lo primero que hicimos fué publicar un aviso en el diario local convocando a un casting de actores de ambos sexos. Pactamos con "Cococho" que los ensayos los haríamos en un amplio espacio que yo tenía en un sector de Palacios Publicidad, ya que la casa donde funcionaba la agencia contaba con unos 400 metros cubiertos. Obsesionados por lograr que la comedia saliera lo mejor posible, contratamos a un reconocido director teatral de Bahía, que manejaba un pequeño teatro under ubicado a pocos metros de nuestra agencia.
El director y su elenco teatral estaban en la mira de los militares y en más de una oportunidad le habían allanado el edificio por sus inclinaciones hacia la izquierda. Esta persecución originada en motivos netamente ideológicos le estaba ocasionando serios inconvenientes anímicos y económicos, ya que por lógico temor el público no asistía a ver las obras que programaba y los alumnos de su escuela de teatro dejaban de asistir por miedo a quedar fichados por los servicios de inteligencia.
En el momento en que le dimos una copia del libreto a este buen director, nos dimos cuenta que aceptó la tarea resignadamente y solo porque necesitaba dinero. Nunca lo puso de manifiesto, pero seguramente en su interior no estaba para nada convencido del liviano contenido argumental de la propuesta.
El argumento; Durante una noche tormenta un vehículo que transportaba a las integrantes de una compañía itinerante de teatro erótico, debido a un desperfecto mecánico queda detenido en un solitario camino en medio de un verdadero temporal. El chofer es un homosexual que a su vez también cumple tareas como peluquero y modisto de la paupérrima compañía, le sugiere a las tres esculturales muchachas que integran el elenco que lo mejor que pueden hacer para salir de la emergencia es empezar a caminar por el solitario camino intentando encontrar ayuda.
Totalmente empapados, los cuatro protagonistas, avanzan dificultosamente por la oscuridad del tétrico paraje hasta que una de las jóvenes divisa las luces de lo que parece ser una vivienda ubicada a unos cien metros de distancia. Con mucho esfuerzo, llegan por fin hasta el sitio y con sorpresa observan que se trata de una imponente y antigua mansión construída en medio del espeso bosque. Los náufragos de la tormenta caminan desesperados hasta la gran puerta de entrada y golpean repetidamente el aldabón, hasta que a los pocos minutos, con un chirrido de goznes, la pesada puerta se abre y aparece un horrible enano con joroba quien les pregunta que desean. Los cuatro desgraciados, casi al borde de sus fuerzas le explican lo ocurrido al personaje, que resulta ser el mayordomo de la casona. El hombre, con una sonrisa siniestra los invita a pasar y ubicarse cerca de un gigantesco hogar donde crepitan los leños que alimentan el fuego del amplísimo y lujoso living. A los pocos minutos, el mayordomo que se llama Ariel, les trae ropa seca y toallas. Los cuatro visitantes han entrado en calor, sus cuerpos antes semicongelados, ahora están secos y se sienten cómodos, aunque Romualdo, el chofer, maquillador y peluquero de la compañía itinerante descubre con una mezcla de miedo y curiosidad que en un sector de la sala, se encuentra un féretro. Ariel el mayordomo les explica que allí descansa el cuerpo del conde Draculón, quien falleció hace veinte años. En ese mismo momento, Sandra una de las bailarinas de la troupe, queda fascinada al ver en una de las paredes de piedra el retrato al óleo de un elegante y atractivo hombre. La pintura al óleo es una verdadera obra de arte y la tela de importantes dimensiones está enmarcada con gruesas varillas de oro. "¿Quien es ese señor tan buen mozo?"- pregunta la pulposa sandra. El mayordomo con cierta tristeza le responde; "ese caballero es mi amo, el conde Draculón, quien se encuentra en ese féretro a la espera del beso que lo despierte de su largo sueño". Es allí cuando el amanerado Romualdo, replica con cierta ironía; "¿Dice usted que un simple beso puede despertar al difunto?"; "efectivamente, mi querido amigo. Probado está que la leyenda de la dinastía Draculón, dice que si a mi amo una mujer rubia y esbelta le succiona el pene con cariño y pasión, mi amo volverá de inmediato a la vida". Los presentes no pueden evitar sus carcajadas al oir lo que sin inmutarse termina de decir Ariel, quién no puede ocultar su disgusto ante esta reacción irrespetuosa. Carola, una morocha de pechos turgentes, movida por la curiosidad le pide al mayordomo que quite la tapa del ataúd para ver el cuerpo del conde. El mayordomo jorobado, asiente con una leve inclinación de cabeza y se dirige hacia el costoso féretro rodeado de manijas e incrustaciones de plata procediendo a abrir la pesada tapa. Los ventanales se iluminan por segundos con los rayos acompañados por fuertes truenos producidos por la fuerte tormenta de viento y lluvia. El mayordomo ya ha descubierto el interior del ataúd y los visitantes se acercan temerosos. El rostro del conde Draculón está intacto, pero más allá de su palidez, no da la impresión de ser un cadáver. Las tres coristas quedan deslumbradas al observar el bello rostro del conde, y Sandra, espontáneamente comienza a acariciar los cabellos del ocupante del féretro. Ariel al notar esta actitud, dirigiéndose a la joven le dice; "Señorita, si usted se anima a besar el pene de mi amo, recibirá una bolsa repleta de monedas de oro, esa es la recompensa destinada para la mujer que lo resucite".
Sandra al oir esto, comienza a recorrer con sus delgadas manos el cuerpo del conde, quien está vestido con un impecable frac de color negro. Cuando está llegando a la parte de la bragueta, mira fijamente al mayordomo y le pregunta; "Si se la beso y el conde revive, ¿quien me garantiza que recibiré esa recompensa?". "Vea desconfiada señorita, para que usted compruebe la seriedad de la propuesta, ahora mismo le entregaré a modo de anticipo la mitad del contenido de las piezas de oro. Sírvase y proceda a llevar a cabo la tarea". Sandra, recibe la bolsa, no puede creer que será inmensamente rica por el simple hecho de besar el pene de un muerto al que supone embalsamado. Muchas veces ha hecho esto, prostituyéndose a cambio de miserables retribuciones, ya no duda y quita todos los botones de la bragueta. Un miembro fláccido pero de impresionante tamaño queda al descubierto. Al ver esto, Romualdo el peluquero exclama; "Hay chicas, miren eso, ¿no lo puedo besar yó también?". En segundos, movido por las artes desplegadas por la lengua y boca de Sandra, el pene comienza a crecer casi imparable y el rostro antes apacible del conde Draculón comienza a transformarse con vivos movimientos y gestos de placer. La bizarra obra continúa en escena mostrando juegos sexuales sugeridos en los que interactúan el chofer homosexual, el enano, el conde y las tres coristas. Todo en un clima de descontrol, donde abundan bailes eróticos, un strep tease de Zulma, otra de las chicas de la troupe y un romance furioso entre el deforme mayordomo y Carola. No recuerdo con claridad los detalles finales de esta alocada obra, sí puedo asegurar que además de los ensayos diarios y las exigencias del director que oportunamente contratamos, también invertimos en un ataud verdadero, vestuario y una escenografía muy bien lograda del living del palacio del conde Draculón. "Cococho" fué el encargado de hacer contactos con distintos teatros de la zona de influencia con el fin de alquilar las salas y hacer el cronograma de actuaciones de nuestra flamante compañía de revistas.
En pocos días, comenzamos a recibir llamados de distintos pequeños y medianos empresarios interesados en llevar la comedia a diferentes localidades. El ansiado debut de "La Noche que Draculón se Levantó del Cajón", fué programado para dos funciones que se llevarían a cabo un día sábado en una ciudad cercana a Bahía Blanca. "Cococho" alquiló los servicios de una combi, el vehículo que transportaría al elenco, iluminadores, sonidistas, etc. También se encargaron fotos a gran tamaño de los artistas y sus respectivos afiches. Al primer día del lanzamiento de la publicidad, que además de la gráfica también incluía el audio de un móvil callejero provisto de un equipo de sonido (propaladora) que recorría mañana y tarde las calles de la ciudad elegida para el gran estreno. Ya se habían vendido casi el ochenta por ciento de las entradas. "Cococho", había viajado anticipadamente para ocuparse de todos los detalles del debut y me llamaba permanentemente por teléfono. Cerca de las 20 horas del día elegido, vuelve a comunicarse, pero en esta oportunidad se lo escuchaba sumamente nervioso y casi fuera de sí. "Calmate y contáme que está pasando "Cococho", le dije. Del otro lado se produce un breve silencio y con voz quebrada me responde; "cagamos loco, vino el ejército, sacaron las fotos, prohibieron la venta de entradas y cerraron el teatro". "Bueno, pero al menos estás vivo, juntá al elenco y veníte cuanto antes con toda la gente", le sugerí.
De esta forma abrupta y casi previsible concluyó mi primera incursión como autor y co-productor de esta mediocre comedia musical que murió antes de nacer. Días después nos enteramos que los integrantes de una influyente Liga de la Moral, quienes al enterarse del pornográfico estreno, no dudaron en denunciarnos y todo terminó en una anécdota o intento transgresor en una época oscura donde reinaba la muerte, las desapariciones, el dolor, la confusión y una serie de horrores que nos marcaron a fuego con una secuela de odios y rencores que aún perduran sin perdón ni olvido. Aquella prohibición que sufrimos con "La Noche que Draculón se Levantó del Cajón" fué algo muy mínimo si lo comparamos con las que sufrieron calificados autores de obras serias y comprometidas, artistas de cine y teatro, escritores, periodistas, psicólogos, profesores, trabajadores o simples ciudadanos que perdieron la vida, fueron encarcelados o alcanzaron a salir a tiempo del país,exiliarse y así salvar su vida refugiándose en la nostalgia o el desarraigo de los países amigos que por aquellos años los recibían incondicionalmente.
lunes, 23 de marzo de 2009
Diciembre 2008, lanzamiento del exitoso concurso "Soñá y Ganá con El Palacio del Colchón y Suavestar".
Increíblemente, gracias a Dios y los espíritus protectores, las ideas, desde algún lugar del universo, siguen viniendo a mí y se transforman en realidad. "Soñá y Ganá" es una de las campañas más jugadas de mi extensa carrera en esta apasionante profesión de creativo. La idea se la presenté en Septiembre del 2008 a la firma El Palacio del Colchón, una empresa bahiense y de familia, que tiene cuarenta años de trayectora en la ciudad. María Lina Benedetti y su esposo Carlos De La Torre, propietarios de este comercio ubicado en Chiclana y Pueyrredón, escucharon mi propuesta y apostaron decididamente a la misma. Ya el año pasado, el panorama económico de Argentina no era el mejor y la crísis mundial comenzaba a repercutir en un país inmensamente rico como el nuestro, pero que empobrece ante la mediocridad de nuestros dirigentes. Durante el año anterior estalló lo que llamamos el conflicto del campo, y los ciudadanos asistíamos azorados a un enfrentamiento entre el gobierno y el sector más productivo de la Argentina. Tuvimos cortes de rutas, protestas, desabastecimientos, suba de precios, especulaciones y lo peor, que a esta altura de las circunstancias, el conflicto continúa sin miras de solución y tanto el sector agropecuario como el gobierno, lamentáblemente siguen sin ponerse de acuerdo. A pesar del oscuro panorama reinante, la campaña de "Soñá y Ganá", se lanzó en el caluroso mes de Diciembre con promociones emitidas en los principales horarios de LU2 Radio Bahía Blanca- AM 840. La propuesta consiste en invitar a todos los habitantes de la ciudad y la amplia zona de influencia a que relaten sus sueños escribiéndolos en el espacio de una hoja oficio. La intervención en este concurso no implica ninguna obligación de compra, el participante solo debe escribir un sueño que haya tenido y recuerde en lo posible en sus detalles más originales.
De a poco, los "soñadores" comenzaban a depositar los sobres conteniendo los breves relatos en la urna habilitada para tal fín o los envíaban por internet. El premio mensual al sueño más atractivo, consiste en un sommier de dos plazas de la reconocida marca Suavestar. Con el verano más insoportable de los últimos años, la ciudad prácticamente vacía y la gran mayoría de los habitantes de vacaciones, "Soñá y Ganá", superó todas las expectativas y a diario, la cantidad de emails o cartas que se recepcionan nos indican que encontramos una ruta diferente, simple y acertada para atraer a mucha gente con ganas de expresarse escribiendo los distintos sueños que ha tenido en su descanso. Cuando llega el momento de elegir al ganador o ganadora de cada mes, la tarea resulta gratamente compleja, ya que María Lina Benedetti, sus hijos y el personal del local, se ven en un verdadero problema a la hora de tomar la decisión final. Hay relatos colmados de sentimiento profundo, humor desopilante e historias insólitas que no tienen desperdicio alguno. En este nuevo tramo de mi blog "La Vida es Sueño y de los Sueños Vivo", una vez más compruebo que en esta era plagada de crísis económicas y existenciales, los seres humanos, hartos de tantas noticias nefastas y poco alentadoras necesitan soñar, imaginar, darle rienda suelta a su espíritu y finalmente tener la saludable posibilidad de expresarse a través de algo que felizmente sigue vigente; el maravilloso arte de escribir. Poner en marcha "Soñá y Ganá", no solo potenció las ventas de El Palacio del Colchón, también posicionó a la firma en la mente de miles de personas que a partir del evento, anhelan dormir en un confortable sommier Suavestar, que pueden llegar a ganar por el sencillo hecho de soñar.
De a poco, los "soñadores" comenzaban a depositar los sobres conteniendo los breves relatos en la urna habilitada para tal fín o los envíaban por internet. El premio mensual al sueño más atractivo, consiste en un sommier de dos plazas de la reconocida marca Suavestar. Con el verano más insoportable de los últimos años, la ciudad prácticamente vacía y la gran mayoría de los habitantes de vacaciones, "Soñá y Ganá", superó todas las expectativas y a diario, la cantidad de emails o cartas que se recepcionan nos indican que encontramos una ruta diferente, simple y acertada para atraer a mucha gente con ganas de expresarse escribiendo los distintos sueños que ha tenido en su descanso. Cuando llega el momento de elegir al ganador o ganadora de cada mes, la tarea resulta gratamente compleja, ya que María Lina Benedetti, sus hijos y el personal del local, se ven en un verdadero problema a la hora de tomar la decisión final. Hay relatos colmados de sentimiento profundo, humor desopilante e historias insólitas que no tienen desperdicio alguno. En este nuevo tramo de mi blog "La Vida es Sueño y de los Sueños Vivo", una vez más compruebo que en esta era plagada de crísis económicas y existenciales, los seres humanos, hartos de tantas noticias nefastas y poco alentadoras necesitan soñar, imaginar, darle rienda suelta a su espíritu y finalmente tener la saludable posibilidad de expresarse a través de algo que felizmente sigue vigente; el maravilloso arte de escribir. Poner en marcha "Soñá y Ganá", no solo potenció las ventas de El Palacio del Colchón, también posicionó a la firma en la mente de miles de personas que a partir del evento, anhelan dormir en un confortable sommier Suavestar, que pueden llegar a ganar por el sencillo hecho de soñar.
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