jueves, 10 de enero de 2008

El día en que el colegio quedó vacío.
Evita había fallecido a los 33 años. Un cáncer había terminado con su joven vida y comenzaba un mito. A partir de entonces, los más humildes también se sentirían huérfanos y desprotegidos.
Una de las cosas más positivas que me sucedieron en el colegio de curas, fué cuando se hizo uno de los primeros golpes militares. Estábamos en formación, cuando escuchamos el ruido de aviones. Eran 3 bombarderos pesados que sobrevolaban el colegio. A los pocos minutos escuchamos explosiones de bombas y tableteos de ametralladoras.
Los chicos más audaces se treparon al gigantesco tanque de agua y desde allí gritaban eufóricos ante lo que estaba viendo. Eran columnas de humo que seguramente habían sido causadas por las bombas que caían cerca del por entonces llamado Regimiento Quinto.
Tiempos revolucionarios y violentos, que con mis escasos 11 años de edad no alcanzaba a entender. Volviendo al día de los bombardeos, los curas se cambiaron las sotanas por trajes comunes y se fueron del colegio. Temían que los resistentes peronistas tomaran por asalto la institución. Debo reconocer que aquel episodio me causó placer. Pasamos toda la tarde solos, sin control alguno y al caer la noche, nuestras familias nos pasaron a buscar por el colegio.
Un nuevo gobierno militar se había hecho cargo del país. Y "peronista" pasó a ser una palabra prohibida.
En ese mismo lugar, terminé con desgano absoluto mi sexto grado. Le había hecho creer a Lucy que me iban a dar una medalla por buen alumno. Creo que en el fondo, ella dudó que fueran a "condecorarme", pero como siempre, igual concurrió al acto de fin de curso y no paraba de reirse cuando se acordaba que yo había sido el único que no tuvo medalla.
Mi madre insistía en verme médico o ingeniero, como mi tío. Y yo quería que me dejen de joder con el estudio y dedicarme alguna vez a la radio, el dibujo o la publicidad, aunque en verdad no tenía ningún rumbo claro y en mi familia, quizás por la época, no entenderían mi extraña vocación.
Antes de cumplir 15 años, tuve dos señales muy concretas en mi anhelo por "Vivir de Sueños". En una oportunidad, el señor Jorge Figueras, que representaba a la General Electric en el sur argentino, tuvo para conmigo una actitud de alta generosidad cuando me hizo saber que la General Electric, había lanzado un concurso nacional de afiches a color para publicitar las lámparas de mercurio. Hice un dibujo al tamaño real del afiche, donde mostraba en una especie de collage, ilustraciones donde se exponían las diferentes formas lumínicas utilizadas por el hombre, hasta llegar a una gran ciudad donde se veía una avenida en perspectiva iluminada con luz de día por la General Electric.
Un mes y medio después, el señor Figueras y un directivo de la empresa, vienen a mi casa y me entregan varios ejemplares impresos del afiche que yo había dibujado. Había ganado el concurso y cinco mil pesos de aquel entonces, cuyo importe en cheque del Banco Provincia, cobraron mis padres por ser yó mayor de edad.
La otra señal fué descubrir en un kiosco la revista "Hora Cero" con historietas que cambiarán la historia del comic en la argentina. En esa publicación antológica estaba impresa en cuadritos la garra del gran guionista Héctor Germán Oesterheld y los potentes dibujos de Hugo Pratt.
Hora Cero me estaba mostrando la puerta que no había encontrado hasta el momento. En poco tiempo vendría el "Eternauta", la obra maestra de Oesterheld lustrada por el maestro Francisco Solano López.
Ya no tuve dudas, yo quería ser como esa gente. ¿Pero cómo hacerlo? Lo ideal era llegar a la Capital argentina y aprender a dibujar con ellos. Había tocado el tema con mis padres, pero a pesar de haber ganado el concurso de la General Electric, insistían en que tenía que estudiar y ser un profesional. ¿Y esos tipos que dibujaban que eran? No me arrepentiré jamás de haber saltado a tan corta edad del "tren de la nada". No me imaginaba bancario, empleado del correo, ferroviario, abogado, ingeniero y mucho menos médico. Ninguna de estas era mi vocación. En esos años los padres soñaban con una chapa en la puerta que indique la profesión de sus hijos. Yo soñaba con una chapa en la vida y me había propuesto conocer a Pratt, Breccia, Durañona y otros tantos dibujantes admirados.
Sin apoyo económico alguno, tomé la decisión y fuí a la capital de Argentina. Allí estaba el Buenos Aires sin Perón y que comenzaba a disfrutar de esa caja mágica llamada televisión. El Buenos Aires de la calle Florida, Lavalle y la Avenida Corrientes que aún seguía "sin dormir".
Y allí llegué, a la casa de las hermanas de mi viejo Víctor, que aún está en la calle Bustamante casi Córdoba, donde habitaban cuatro de mis tías. Tres de ellas con sus respectivos maridos e hijos, una sin marido, pero con hijo y mi abuela.
Una nueva y complicada ruta comenzaba para mí, aunque reconozco que caí porque el hambre fué más fuerte y me venció.

1 comentario:

Anónimo dijo...

FELICITACIONES MAESTRO!!!NOS HEMOS DELEITADO CON TUS HISTORIAS Q TANTO CONOCEMOS Y Q JAMAS NOS CANSAMOS DE ESCUCHAR(EN ESTE CASO DE LEER).
BESOS DE.....MARYLES,MARIA,TRINI Y CELE